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lunes, 21 de enero de 2013

Cisne Negro: ¿Genialidad o esperpento?

¿Me encanta? ¿Me horroriza? ¿O ambas cosas?

Qué importa. "Cisne negro" no es clasificable: pertenece a la categoría de películas que 
sólo pueden denominarse como vorágines. Dejarse arrastrar no es una elección, es un 
imperativo, o cabe la posible desgracia de salir indemne del visionado. El cisne blanco 
representa la pureza, la belleza y la perfección: la primera mitad de la película. El cisne 
negro es la lujuria, la compulsión y la autodestrucción: la segunda mitad de la película.  
Habrá quienes elijan el cisne blanco y habrá quienes prefieran al cisne negro. Yo me quedo 
con los dos. 

Aronofsky sigue madurando como realizador y guionista. Y "Black Swan" es la prueba más 
evidente de que es uno de los narradores más interesantes, e importantes, del cine 
norteamericano actual. Es capaz de levantar una película con un argumento casi anecdótico
 (una joven bailarina que aspira a ser la protagonista de 'El lago de los cisnes’) y 
transformarla en un orgasmo cinematográfico que se alarga durante más de cien minutos 
de puro gozo. Nos mete en la cabeza de su protagonista (una superlativa Natalie Portman, 
en su mejor papel hasta la fecha) acariciando a su personaje con movimientos de cámara 
que varían en base a su estado de ánimo: más bruscos cuando se palpa en nerviosismo, 
planos fijos cuando hay calma. La cámara en mano funciona a las mil maravillas en las 
coreografías de ballet, rodadas en su mayoría en una sola toma, excepto en la 
representación final.



Si bien es de recibo decir que Portman se deja la piel, tampoco puede negarse que los 

secundarios no son menos: Kunis enamora a cámara, Cassel está genial, Hershey y Ryder,

 con sus escasos minutos en pantalla, también demuestran sus tablas (especialmente 

Barbara). La banda sonora de Clint Mansell es exquisita, así como el sobresaliente trabajo 

del sonido, que hace que las escenas funcionen casi a modo de coreografías completas, 

como set-pieces rítmicas. La fotografía de Matthew Libatique ayuda a crear una 

ambientación malsana, opresiva, algo que no se veía en una pantalla grande desde el Lynch 

de "Mulholland Drive" (2001). El fantasma del tristemente desaparecido Satoshi Kon y de su 

ópera prima, la bellísima "Perfect Blue" (1998), revolotean por cada fotograma, en cada 

encuadre. Es como si Darren estuviese poseído por el genio nipón, entregando la que es, 

por ahora, su mejor película, con un tramo final que divide opiniones pero que en mi caso no 

hay duda: es sensacional. "Black Swan" es cine modélico, cuidado, trágico y bello. Negro, 

como el cisne. Pero puro, y en su imperfección... perfecto.






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